La Canción de la Esencia y la Aplicación
del Tai-Chi-Chüan
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¡Cuán maravilloso es el Tai-chi-chüan,
cuyos movimientos siguen las leyes de la naturaleza!
Continuo como una pulsera de jade,
cada movimiento expresa el símbolo del Tai-chi,
el cuerpo entero se llena de un continuo chi,
no hay desequilibrio entre lo superior y lo inferior.
Apoya los pies con pasos de gato,
moviendo el chi como se enrolla la seda...
En el movimiento, todo se mueve;
en la quietud, todo está en calma.
Arriba, la coronilla está suspendida,
y abajo el chi se hunde en el tan-tien.
Deja que los hombros cuelguen y baja los codos;
estira la espalda y relaja el pecho.
Cuando el wei-lü está vertical de forma natural,
el cuerpo se siente relajado y el chi vivo.
Utiliza la mente y no la fuerza,
girando el cuerpo sobre la cintura.

 

 

Todo sube desde la raíz, en los pies,
mientras piernas y cintura se alinean perfectamente.
La energía sube de la columna vertebral,
y llega hasta los brazos y la punta de los dedos,
porque, donde quiera que el chi vaya, se manifiesta en el cuerpo.
Todo esto depende de la mente,
y no tiene nada que ver con la fuerza bruta.
Cuando lo lleno y lo vacío se distinguen claramente,
lo duro y lo suave se adaptan a los cambios de situación.
Ying y Yang deben cumplimentarse mutuamente,
cuando al movernos de un lado a otro, giramos y cambiamos de postura.
El chi se despierta al variar la relación entre energías,
y el espíritu permanece adentro.
El movimiento surge de la quietud,
pero incluso en el movimiento hay quietud.
El espíritu dirige al chi en su movimiento,
y la palma y la muñeca están conectadas a la cintura.
Nuestros pasos se adaptan a los cambios de situación,
y las manos y los ojos se acomodan a las condiciones.
Rapidez o lentitud siguen los movimientos del oponente;
con el peso a un lado, nuestros movimientos no se retrasarán.
Sin perder el contacto o sin dejar de agarrar,
cada postura debe anticiparse al adversario.
Después de atraer al oponente y neutralizar su energía,
emitimos energía como un pozo burbujeante.
Dejemos que el más fuerte agresor nos ataque,
mientras cien gramos desvían mil kilos.

 

Clásicos perdidos del Tai-chi, de finales de la dinastía Ch´ing
Dowg
las Wile.